Nuestro estilo de vida no nos permite, en ocasiones, disfrutar de la calma y la tranquilidad necesaria para llevar una vida plena y saludable.
Las prisas, la infoxicación (intoxicación provocada por los medios de comunicación), la incertidumbre e inestabilidad hacen que estemos, de contínuo, en un estado muy alejado del confort y el bien estar.

Una vida cada vez más ajetreada, jornadas laborales que se alargan, responsabilidades reales e imaginarias que nos hacen experimentar sensaciones de miedo con respecto al futuro.
La enfermedad, las pérdidas y otra serie de circunstancias que nos mantienen en una situación de tristeza, desamparo o desconsuelo.
En esta sección intentaré profundizar en los verdaderos mecanismos del bienestar, en la recuperación de esas pequeñas cosas que nos brindan placer y felicidad y que estamos muy ocupados para tenerlas en cuenta.
Vamos a reaprender o a recordar todas esas pequeñas cosas, a darle a cada situación la importancia que, realmente tiene, y sobre todo vamos a vivir bien, en consonancia con nuestras creencias, sin entregarle el mando a la mal concebida ambición.

El Bienestar en las últimas décadas ha sido relacionado con una explosión del consumo de todo tipo de productos y servicios. En ocasiones el ritmo, la intensidad y las implicaciones de ese consumo nos han alejado de la idea de bienestar.
Cuando nacemos tenemos una serie de necesidades que no podemos cubrir por nuestros propios medios y nos acarrea la dependencia de los adultos, fundamentalmente de la madre.

Durante el desarrollo que constituye un largo período de inmadurez las necesidades del niño cambian y, ya no solo necesita alimento y cuidados, sino que pasa a tener necesidades de tipo psicosociales: reconocimiento, autoestima, seguridad, pertenencia, confianza.
En ocasiones, por anomalías en el período de maduración muchas de esas necesidades necesitan ser cubiertas en la etapa adulta y surgen los conflictos por dependencia y apego.

Nuestra visión vital, por un lado y la enorme tendencia del ser humano de mirar hacia afuera más que hace dentro, provoca que no disfrutemos de lo que tenemos y centremos nuestra atención en desear lo que no tenemos. Lo que tiene el vecino, el hermano, el amigo. Referido al trabajo, la casa, el coche o cualquier bien material, al status, el prestigio o el nivel de relaciones.
Lo cierto es que el verdadero bienestar poco tiene que ver con los bienes materiales y el consumo. En los últimos años se han hecho numerosos estudios acerca de las situaciones y elementos que potencian la secreción de dopamina, endorfinas y otros mediadores conocidos como hormonas de la felicidad y, en ellos se concluye, que los generadores de bienestar tienen que ver más con el desarrollo de nuestros dones y habilidades, el compartir con familiares y amigos y sobre todo con el servicio.

Colaborar en causas solidarias, ayudar a los demás, el sentido de pertenencia a la humanidad y no a un grupo determinado, la tolerancia y la empatía son potentes generadores de bienestar que no utilizamos tanto como nos convendría.
Cuando el ser humano es capaz de convertir sus carencias en el combustible de su búsqueda personal espolea y motiva la consecución de realizaciones de más valor como la autorrealización, autonomía, libertad y AMOR con mayúsculas, del que tendremos ocasión de hablar en este sitio.

A través de este impulso el ser humano proyecta en su mente lo que desea, necesita o cree necesitar y se pone en marcha para su consecución. Si equivoca el diagnóstico de sus necesidades invertirá mucha energía en la persecución de bienes y servicios que realmente no necesita y se producirá la frustración y el desengaño. Y vuelta a empezar.
Tenemos el presente segundo para vivir. Lo venidero es mera especulación.

Estudié Medicina en la Universidad de Salamanca y participé durante años en un equipo de salud mental.